Que la reflexión se transforme en teoría y la teoría en praxis.

No, no son cincuenta neonazis y narrar ese relato es vendarse los ojos, es ser equidistantes, es ser, al fin, cómplice y complaciente. Dicen aquellos, pacifistas y buenistas, defensores últimos de la ciudadanía, que al fascismo se le combate en las urnas. Sin embargo, muy a nuestro pesar, las urnas dicen lo contrario de lo que creemos y, así, los mismos neonazis que marchaban hoy por las calles de Madrid tienen representación institucional en distintos ayuntamientos. Ese movimiento que subestimadamente el antifascismo generalista califica de anecdótico tiene hoy 6 concejales y 1 alcalde.


Podemos seguir mirando hacia otros paisajes más alegres; podemos seguir vendándonos los ojos, pero, haciendo autocrítica, debemos de rasgarnos los velos. Podemos seguir, sí, llenando las redes sociales de mensajes nostálgicos que claman por un pasado ¿mejor? y ¿antifascista? o podemos, a la par, organizarnos para construir un presente y un futuro libre de opresión.


Hoy, 18 de septiembre, el fascismo ha campado a sus anchas sin apenas resistencia. Hoy, 18 de septiembre, hemos permitido que en Chueca griten homofobia, que en Callao griten nacionalismo, y que, en Sol, griten supremacismo. Y si gritan, en fin, es porque hay silencio en la reacción, pues, quien tiene miedo es cauto y prefiere callar. Debemos preguntarnos ¿Por qué gritan? Y, lo más importante ¿Por qué el antifascismo no ha gritado?


Se puede argumentar, diciendo la verdad, que no ha existido tiempo para organizar nada, pero ello sólo apunta aún más a nuestras propias debilidades: no hay organización, no hay capacidad de respuesta, y, en desastrosa consecuencia, tampoco hay capacidad de acción. Se puede argumentar, también, que combatirles es darles publicidad. Pues bien, la publicidad o es buena o es mala dependiendo de cómo la construyamos. Desechar la publicidad en sí, la propaganda en sí va en nuestra contra. Claro, que para que vaya a nuestro favor hay que crear un discurso que legitime nuestra oposición al fascismo, un discurso que legitime nuestra acción ante el odio. Y en esta última tarea jugamos con demasiada desventaja.


Pues no solo juegan en nuestra contra los conservadores y fascistas, sino que, además, se unen a ellos socialdemócratas, “comunistas” y “anarquistas” que, llamándose a sí mismos antifascistas, en nombre del ciudadanismo y la paz, dejan que el águila del fascismo se siga alimentando de las miserias de la clase obrera. La violencia para ellos parece definirse solo en la idea, en la abstracción. Y en una deriva liberal, aunque casi de revelación divina, se critica la violencia en absolutos, en abstractos, desdibujándose de esta manera los contextos y los motores de la reacción ante el fascismo. La realidad situada y material es ignorada y se construye, al momento, un relato ideológico en el que la violencia es mala per se y un relato en el cual las formas de lucha quedan reducidas a los símbolos y a las urnas.


Ojo. No se dice, tampoco, que la reacción tenga que ser siempre violenta, pero si se advierte que no tenga que ser siempre pacífica. El motivo, claro está, no es la exaltación de la violencia, pues al fin, nuestro objetivo ultimo es la paz, sino que el motivo es materialista. Así, no podemos luchar ante la violencia con pacifismos y ciudadanismos. No podemos responder ante la homofobia con abrazos porque vienen, te meten una paliza, y, en definitiva, o te dejan tuerto o te matan.


Ahora bien; hoy ni siquiera ha habido una reacción simbólica, y, de haberla, ha surgido a posteriori, cuando ya las vecinas habían escuchado en su balcones los gritos homófobos, racistas y misóginos. No se llama a la autodestrucción; todo lo contrario. Se reflexiona sobre la necesidad de organizarse fuera de las lógicas del ciudadanismo que apuntalan lo presente y alimentan al fascismo y al capitalismo.


Que la reflexión se transforme en teoría y la teoría en praxis.

Por un antifascismo de clase y revolucionario.


18 de septiembre de 2021