La guerra capitalista. El caso de ucrania

La guerra, como es sabido, existe desde antes de que la burguesía se sirviese de la propiedad para convertirse en amo y señor de la humanidad. Y por ello no negaremos la existencia de la guerra y el imperio más allá de los límites del capitalismo. Pero no es menos sabido que la guerra, en una sociedad capitalista, se convierte en una de las herramientas preferidas de la burguesía para reactivar y engrasar los engranajes de la producción.



La guerra, como todo, debe su naturaleza, no a la plenitud de la eternidad y el universalismo, sino a la efervescencia de la contingencia. La guerra, pues, en abstracto no es más que ideas disparadas sin sentido ni destino. Como con todo, la guerra sin la realidad que la contiene se convierte en una vorágine de absurdos universalismos que nada pueden hacer en la tarea de transformar la realidad. No analizaremos, por tanto, la guerra desde el idealismo de la abstracción. No analizaremos la guerra ni si quiera, pues muchos antes que nosotros, y con mayor ingenio, se comprometieron con tal objetivo. Lo que a continuación se muestra no son más que pinceladas de brocha gorda sobre la guerra en la realidad capitalista, sobre la guerra imperialista. Y es que, por si alguien aún no se ha enterado, la guerra ha comenzado.


Con más de 60 conflictos armados en todo el mundo, la guerra en Ucrania continua, pues como ya sabemos, a consecuencia del bombardeo mediático, la invasión de Rusia del territorio ucraniano no es más que la continuación de la invasión rusa de Crimea en 2014. Cierto es que debemos de huir del simplismo y de aquellas explicaciones que buscan con locura la causa primera y el origen único. Son muchos los factores que explican la reciente invasión de Ucrania, y por citar solo algunos, allá va una lista que más bien parece un cajón de sastre.


Primeramente, y por no olvidarlo, debemos de hablar de la política exterior rusa. Por si algunos nostálgicos aún no han despertado del ensueño soviético, hace más de tres décadas que la URSS dio paso a la disgregación y al capitalismo. Rusia, una de las 15 repúblicas que formaban parte de la unión, pasó a manos de Yeltsin y la oligarquía capitalista. La economía paso de manos del estado a manos de la burguesía, y el proletariado, si en algún momento llego a tener el poder, lo perdió. Y sin embargo, y aunque nada tenga que ver la rusia actual con el comunismo bolchevique, no son pocos los que giran su cabeza hacia el pasado. En la rusia actual el nacionalismo mira hacia la URSS. Los nacionalistas rusos, mucho más cerca de Nicolas II que de Lenin, reclaman para sí, no la ideología soviética, sino las fronteras soviéticas. En un arrebato imperialista Rusia reclama para sí los límites territoriales de la antigua Unión Soviética. Esta nostalgia es una nostalgia geográfica, y en ninguno de los casos, política, pues, como hemos señalado la Federación de Rusia es un Estado capitalista y si reclama para sí misma los límites geográficos de la URSS es para poder ampliar los procesos de producción. Toda opinión que opte por calificar de comunista el estado ruso actual cae en un profundo error que lo único que consigue es ocultar la violencia que el capitalismo necesita para mantenerse y crecer en cualquiera de sus formas.


Sin embargo la elite[1] capitalista rusa, en sus ansias expansionistas, se encuentra con el primero de sus problemas: la URSS ya no existe. Desde la disgregación de la Unión Soviética algunas de las antiguas repúblicas socialistas se ha distanciado de la órbita rusa acercándose cada vez más al capitalismo liberal de la UE y la OTAN. Estos hechos han sido observados por Rusia como una verdadera amenaza ante su hegemonía en la zona de Europa del este. ¿La gota que colmó el vaso? el acercamiento de Ucrania, vecino directo, a la UE y a la OTAN.


En cierta medida, Ucrania, junto a otras repúblicas exsoviéticas como Bielorrusia o Georgia, haría de colchón de seguridad geográfico entre dos bloques en disputa: la OTAN y Rusia. El acercamiento de Ucrania hacia la UE y la OTAN sería percibido por Rusia como una amenaza contra su órbita de influencia. Una influencia que, recordemos, cada vez es menor. Los temores ante una posible nueva oleada de “revoluciones” liberales en el este de Europa llevaría a Rusia a asegurar a toda costa su influencia sobre sus estados fronterizos. Bajo este contexto de amenaza es más fácil entender la injerencia de la Federación en Ucrania, o el apoyo de Putin a las políticas pro-rusas del presidente bielorruso Lukashenko.


No obstante, no podemos ser totalmente ingenuos, pues como hemos de imaginar el acercamiento de estos estados fronterizos hacia la OTAN y la UE no es fortuito. Estados Unidos, Reino Unido y la UE ponen grandes esfuerzos en mantener eso que optan por llamar sistema de vida occidental, o, en su descripción ideológica, democracia liberal. Los motivos, claro está, como en el caso de Rusia, no son humanitarios sino económicos. Las elites capitalistas de Europa y Estados Unidos necesitan de estos territorios para expandir sus mercados. Estos países son idóneos para conseguir mano de obra barata, deslocalizar la producción y hacerse, de paso, con el control de ciertas materias primas.


Por resumir lo que hasta aquí hemos dicho. Tanto la OTAN como Rusia son formas diferentes de un mismo sistema productivo: el capitalismo. La tensión existente entre estos dos bloque nada tiene que ver con la ideología. El comunismo cayó en Rusia hace más de 30 años. La tensión de estas dos potencias es simplemente una guerra por el control de unos territorios que las elites capitalistas, ósea la burguesía, de ambos bandos necesitan para ampliar su capital.


Ucrania, desde su “independencia” en 1991, es un nicho codiciado por la burguesía rusa y europea. Ucrania no solo ofrece un lugar idóneo para la obtención de mano de obra barata sino que, además, posee un gran número de materias primas.


Sin ir más lejos Ucrania es el primer país de Europa en reservas de uranio, el segundo de Europa en reservas de titanio y mercurios, el segundo país del mundo en reservas de manganeso y hierro, el tercer país de Europa en reservas de gas y el séptimo del mundo en reservas de carbón. Esta riqueza en materias primas, por tanto, no es baladí a la hora de analizar el conflicto y sus consecuencias, como tampoco lo es el hecho de que por territorio ucraniano pasen varios gaseoductos provenientes de Rusia y que abastecen a Europa. Solo en los dos primeros días de intervención rusa en Ucrania el precio del gas ha aumentado un 60%. Hemos de recordar aquí que los principales exportadores de gas natural son Rusia, el primero del mundo, y Estados Unidos, a la cabeza de la OTAN, el décimo.


Por otro lado tampoco viene mal recordar que Ucrania es el primer país de Europa en términos de tierra cultivable, siendo, así, Ucrania el primer exportador del mundo de aceite de girasol, y el segundo productor de cebada. Si a esto le añadimos una fuerte industria y una importante reserva de fuerza productiva, Ucrania se convierte en un territorio digno de disputar.


Así mismo, no podemos despreciar el valor geoestratégico de Ucrania, pues este estado ocupa junto a Rumania y Bulgaria, entre otros, un lugar privilegiado en el acceso al Mar Negro: tanto la autoproclamada república de Donestk y como la ya anexionada Crimea suponen un espacio privilegiado para el control militar y comercial de este mar continental. De la misma forma, y como ya indicábamos anteriormente, Ucrania ocupa una posición de estado colchón; al conformarse como un corredor terrestre entre Rusia y el resto de Europa, Ucrania adquiere un alto valor estratégico y comercial. Al fin, la existencia de tropas rusas en Ucrania complicaría, y mucho, una posible invasión de la OTAN sobre Rusia.


Con esto no queremos reducir el conflicto a una mera disputa por el control del gas o el Mar Negro. No queremos pecar de reduccionistas. Como hemos visto la cuestión de la seguridad nacional, entendida por la burguesía como la seguridad de actuar con libertad de explotación y expolio dentro de un determinado territorio, juega un papel fundamental en la concepción de la guerra capitalista.


De la misma manera tampoco debemos olvidar el fuerte discurso propagandístico que supondría para las democracias liberales emprender una campaña bélica contra la Rusia autoritaria de Putin. En cierta medida Putin, convertido en el enemigo público número uno de la UE, se convierte en una tapadera ideológica para ocultar las consecuencias de capitalismo en los territorios de la Federación. Al fin, el mal del Rusia tendría su origen, para la UE, en Putin y no en las lógicas burguesas y capitalistas sobre las que se levanta la política exterior e interior de Rusia.


Ante este escenario nos toca posicionarnos, no con un “no a la guerra” que mantiene la dominación de una burguesía en vez de la de otra, sino con un “no a la paz social”, con un “no a la burguesía”. Pues como dijeron otros antes que nosotros: ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases.

[1] Al utilizar este concepto no queremos caer en ninguna postura idealista y conspiranoica. La palabra élite en el presente texto, no hace referencia a personas u organismos concretos, sino al conjunto de las fuerzas capitalistas que son capaces de ejercer presión sobre el poder ejecutivo de los distintos estados. En resumen: la burguesía.