La fuerza nace de la convicción. Reflexión sobre la cualidad frente a la mayoría.

La razón democrática nos dice que aquello que opina la mayoría es lo legítimo. Pues bien, nosotros, en contraposición, decimos que la legitimidad de una idea o de un hecho se establece en atención a las cualidades de esa idea o hecho en específico, de esta manera, el apoyo mayoritario de dicha idea o hecho es algo más accesorio que necesario en un supuesto proceso de legitimación. Es decir, no creemos que algo que consideramos moralmente negativo se transforme, sin más, en algo positivo por el mero hecho de ser una cuestión mayoritariamente aceptada.



Por tanto y bajo esta idea se observa como la democracia es un sistema de mayorías y no de valores. La democracia no es un sistema moral pues en ella la legitimidad de un hecho se estudia en atención del apoyo social de ese mismo hecho y no en atención de reflexiones morales, políticas o prácticas. Que tal o cual medida es inmoral; da igual mientras una mayoría esté de acuerdo. Que tal o cual medida genera explotación y sufrimiento; da igual mientras una mayoría esté de acuerdo. Que tal o cual medida es inútil; da igual mientras una mayoría esté de acuerdo. Esta es la lógica de la democracia: la tiranía de la mayoría.


Ahora bien, podríamos pensar que lo más probable es que la mayoría esté en lo correcto, que la mayoría no esté a favor de una medida inútil, malvada e inmoral. Y, seguramente, al pensar esto nos equivoquemos. En este punto deberíamos reflexionar sobre los procesos de formación de las mayorías, sobre cómo una determinada idea pasa a ser La Idea, la única idea, al mismo tiempo, deberíamos mirar a atrás y ver cómo en nombre de las mayorías se han legitimado actos realmente inmorales.


¿Acaso el partido nazi no obtuvo en 1932 más de 13 millones de votos?


Las mayorías no son, sino que se construyen, pues, de lo contrario, la política de partidos en sí misma no podría existir. Así, la premisa para la democracia es que las mayorías se construyen y se transforman. Y en eso, hemos de admitir, estamos de acuerdo.


En el caso de no construirse las mayorías, la sociedad sería un conjunto de bloques “ideológicos” estáticos e impermeables. Sin embargo, a nuestro pesar o a nuestro favor, sabemos que lo que hoy es apoyado por la mayoría mañana puede ser apoyado por una minoría cada vez más cercada. Pensemos en el propio nazismo por ejemplo. Pero, ahora bien ¿era el nazismo algo mejor cuando la mayoría de una población lo apoyaba?


La misma respuesta aplica claramente a otras ideas y sistemas ¿es el capitalismo algo bueno por el hecho de ser apoyado por la mayoría de la población? ¿defendemos las ideas por sus cualidades o por sus cantidades? ¿tenemos principios o nos dejamos llevar por la presión de grupo?


Sí las mayorías se construyen ¿pueden ser las mayorías argumentos irrefutables sobre la legitimidad o ilegitimidad de un hecho? Ante esta pregunta haríamos otra ¿las mayorías se construyen por engaño o por convicción?


Imaginemos ahora una sociedad de fantasía. En ella la mayoría de la gente está a favor de la esclavitud. La ley favorece y defiende la esclavitud. Todos los partidos de esa sociedad llevan en su programa la esclavitud, y, su constitución dicta, en el artículo 33, el derecho a la esclavitud. Es esta fantasiosa sociedad los antiesclavistas son detenidos, acusados de subvertir la paz social: acusados de atentar contra el principio constitucional y social de la esclavitud. Pues bien, al llegar a esa sociedad, nosotros, sorprendidos, miraríamos pues con horror a sus ciudadanos y con miedo y distancia les preguntaríamos: ¿acaso dormís tranquilos defendiendo la esclavitud?


Los mandatarios, con razón, nos dirían que se limitan a hacer lo que quiere la mayoría y que así consiguen y aseguran la paz social. Sin embargo, nosotros, empeñados en la inmoralidad de la esclavitud, comenzamos a dar y a dar argumentos. Contestaríamos enfadados que a qué precio se está consiguiendo la paz social. Diríamos, al fin, que la vida de una persona no puede ser propiedad de otra y que eso no solo es que no esté bien sino que es inmoral e intolerable. Diríamos que nos da igual que la esclavitud sea lo extendido, lo mayoritariamente apoyado, pues lo que importa es que las personas no pueden ser propiedad de otras.


Pero dejemos ahora de imaginar, o de recordar, como queramos, y reflexionemos por qué las cosas son buenas o malas. Si no es por mayorías ¿con qué argumentos podemos defender las ideas y los hechos? ¿Habrá que pensar? ¿Habrá que ir más allá del análisis y la discusión de números?


¿Cuántas veces hemos escuchado aquello de que “si es lo que quiere todo el mundo…”? ¿Cuántas veces hemos escuchado a los demócratas decir que no tenemos la razón porque somos 4 gatos? ¿Acaso están diciendo que las razones son cuestión de cantidad y no de cualidad? ¿Acaso si la mayoría quisiera su muerte matarían a algún inocente?


Preguntas y más preguntas para, al fin, llegar a la conclusión de que las mayorías de nada sirven si defienden ideas que consideramos inútiles o inmorales. Decimos que las ideas se validan por lo que son, por sus cualidades, por sus razones; no por la cantidad de gente que las apoye. Decimos que las ideas anticapitalistas son las correctas, no porque tengamos el apoyo de la mayoría, sino porque tenemos razones y argumentos materiales e ideológicos de sobra como para decir que el capitalismo es negativo. Y nos oponemos a los capitalistas y a los fascistas por lo que son, no por los que son. Una sola letra, una sola ese, que lo cambia todo.


Otra cuestión, claro está, es aquella que se pregunta por qué las mayorías van en contra de las razones. ¿Por qué los obreros son capitalistas? ¿Por qué las mujeres machistas? ¿Por qué los discapacitados capacitistas? Etc.


Estas respuestas las debemos buscar más allá de las mayorías, pues están en su raíz, en su nacimiento. ¿por qué pensamos lo que pensamos? ¿por qué la mayoría piensa lo que piensa? ¿fortuna? ¿casualidad? ¿alienación?