La acumulación de capital aumenta; la explotación, también.

La realidad material que impone la lucha de clases avanza cada vez con mayor intensidad: la contradicción de clase es cada día más acusada, más cruenta si cabe, y sin embargo, la respuesta política ante esta realidad de explotación y expolio se encuentra, y cada vez más, sumida en la retorica pequeñoburguesa del ciudadanismo y la socialdemocracia. El lenguaje de la concesión y la clemencia, de los derechos humanos que amparan la propiedad, la familia, y la nación, es el lenguaje del discurso político de aquel que en una ilusión de superioridad moral, y auto-fingida superioridad intelectual, utiliza para declararse héroe y salvador de una clase de la que vive ajena.


No se cuestionan las premisas fundamentales del Estado capitalista: no se cuestiona la propiedad, ni se cuestiona la herencia, ni el parlamentarismo, ni la monarquía, ni la familia, ni la nación. No se cuestiona ninguna de las realidades materiales que hacen posible la explotación del burgués, y así, de tal manera, sin pretender cuestionar estas premisas fundacionales, se pretende, bajo un idealismo moralista y falaz, transformar aquello que sólo es posible derribar bajo la dialéctica constante de la historia: la lucha de clases.


La burguesía avanza en su proceso de acumulación de capital. La clase explotadora cada vez acumula más y más propiedad, y está lógica, lejos de verse afectada por las vacías palabras de la redistribución de la Nueva Izquierda, avanza hacia una contradicción de clase más y más feroz: apenas el 1% de la sociedad española posee el 24,2% del capital, 10 años antes la cifra era del 21%, es decir, la acumulación de capital avanza y parece que este crecimiento esta lejos de frenarse, el capitalista se enriquece a costa del trabajo del obrero, y el obrero, cada vez más empobrecido, es enajenado del fruto de su trabajo, la riqueza generada por el obrero es robada y acumulada por su patrón. La plusvalía y la competencia crean las condiciones para que el capital pueda enriquecerse sin temor a ninguna transformación. La Nueva Izquierda, al fin la socialdemocracia de siempre, aliena la reacción obrera y vende que con reformismo es posible derribar lo que solo es posible derrumbar a través de la transformación radical del conjunto de relaciones de producción: sin la destrucción de las condiciones que le permiten al capitalista adueñarse del fruto del trabajo del obrero, sin la destrucción de las relaciones de producción que permiten la plusvalía y aseguran la acumulación exponencialmente creciente del capital, de la clase burguesa, no hay reforma posible.



A cada crisis la competencia capitalista reduce el número de pequeños y medianos propietarios y concentra para sí (grandes burgueses y monopolios) cada vez más y más capital, y en consecuencia, más y más poder de explotación. Así el 10% de la sociedad posee el 60% de la riqueza, y con cada crisis la desigualdad avanza, y con ella avanza la explotación. Mas no nos podemos quedarnos en la retórica de la desigualdad pues ella tan solo es un síntoma, un síntoma de algo aun mayor, la contradicción de clases: la lucha de clases.


Es necesario reconocerse como lo que se es, como un clase que es clase pues todos sus miembros comportan un mismo papel en el conjunto de relaciones de producción. No somos el 99, somos el proletariado. Nuestra realidad se define, se constriñe en los limites de la posibilidad por el lugar especifico que ocupamos al interior del sistema productivo: no somos propietarios, no somos rentistas; somos proletarios. Y decir eso no es más que decir que ocupamos una posición de semejante subordinación en el sistema productivo: nuestro único poder es el de nuestras manos y el de nuestro pensamiento, no tenemos propiedad pero tenemos la fuerza y el ingenio que la fabrican y la hacen posible. Nosotros creamos la riqueza. Ellos la acumulan y la roban, y así, nosotros despojados de lo que creamos somos explotados para su beneficio.


Necesitamos acabar con la acumulación y en consecuencia con la propiedad privada que se asume como su principio necesario de existencia. Necesitamos deslegitimar al capitalismo como a la Nueva Izquierda que no lo cuestiona. Pues sin cuestionar los pilares que sostienen la explotación nunca caerán las cadenas.