Cuando tu valor lo designa tu capacidad productiva

Escribo este artículo como persona que durante toda su vida ha sido patologizada y anormalizada. Desde peque mis padres decidieron llevarme a fisioterapia y a logopedia, a ver si así, conseguía parecer una persona “normal”.


Durante mucho tiempo el mantra de la normalidad me perseguía, y hasta mi identidad se levantaba sobre la autodiscriminación de que había conseguido superar mi discapacidad. ¿superar qué exactamente? Me pregunto ahora, después de haberme aventurado en los caminos de la lucha anticapacitista política. A mí, después de ir a decenas de médicos, fisios, logos, neurólogos, nadie me había explicado porque yo era discapacitado y qué era eso del capacitismo. Asumí, sin más, que yo era discapacitado, que yo no era como los demás, porque yo no podía correr como los demás, ni escribir, ni saltar, ni hablar como mis compas de clase.


Recuerdo una vez en las fiestas de mi barrio que dos secretas, muy policías ellos, por cierto, me pararon y al oírme hablar uno de ellos soltó El Comentario: “vas borracho eh”. La verdad que un poco tocado si que iba, pero la cuestión es que él me lo pregunto porque yo hablo lento y con una articulación un poco cerrada. ¿Sin más verdad? La cosa es cuando tienes que aclarar que no vas borracho casi cada vez que un policía te da el alto, que, por cosas del activismo, suele ser frecuentemente. Antes me justificaba, ahora ya no y he preferido transformar una herramienta de segregación como es mi “carné de discapacitado” (curiosos concepto, por cierto) en una forma de escabullirme de alguna que otra movida.


Algunos dirán que le echo morro al asunto, bueno, cuando los "coleguis" del cole te conozcan como el “del ordenador” o cuando tengas que luchar hasta la saciedad para poder conseguir una educación igual a la de tus compas normales, pues ya hablamos de quien le echa morro al asunto y quien no. El caso es que son números los ejemplos que podría poner sobre como la sociedad me ha entendido, y digo me ha entendido, porque para buena parte de la administración, el sistema educativo, y el sistema medico yo sólo era, y soy, una patología de causa incierta. Manda narices, por cierto, que no sepan lo que tengo y aun así me digan que no soy normal, pero en fin…


Afortunadamente pude ir a un colegio “normal”, es decir, las autoridades médicas, decidieron ellas, mira que majas, no segregarme y permitirme un normal acceso a la cultura y a la educación. Gracias a eso, aunque he necesitado adaptaciones, ahora mismo estoy tan a gustito en la universidad. Pero, no pensemos que esta situación responde a una benevolencia de la administración, simple y llanamente fui a un cole “normal” porque pensaron que podían “normalizarme” y hacerme productivo para el sistema. Si mi discapacidad no hubiese sido susceptible de ser mercantilizada estás tú que hubiese estado yo rodeado de compas no discapacitados.


El tema es, como ya os habréis catado, que el valor y la dignidad de las personas, me gusta llamarnos “anormalizadas”, depende de si la fuerza de trabajo susceptible de ser producida por una persona anormalizada puede ser mercantilizad o no. Para el sistema, tú eres una máquina, y si le rentas perfecto, y si no, bastante que te dejamos vivir, pero oye, no te vayas muy lejos que te tenemos que esterilizar, no vaya a ser que en vez de darte educación sexual vayas a follar (sí los discapacitados también follamos) y vayas a manchar el legado de la humanidad.


Ah, una cosa más, que se me olvidaba, ¡Qué le jodan al capacitismo!